
Los últimos meses han asistido a una explosión, hasta entonces casi desconocida, de la crispación política, de los ataques continuos y sin aparente tregua entre oposición y gobierno, de la desconfianza mutua y de la sectarización y radicalización cada vez más alarmante de los diversos grupos. Se corre el peligro de convertir la labor política en batalla ideológica, de no guiarse por la moderación o la convicción plena, sino por el extremismo partidista que no deja de demonizar al adversario, y en suma, esto sólo repercute en un mayor alejamiento de la sociedad con respecto a la clase política y en una desconfianza hasta cierto punto justificada en las instituciones del Estado de Derecho. ¿Es posible terminar de una vez por todas con una crispación que, retoña bastarda del 11-M, se ha adueñado del escenario político? No quiero ser idealista ni ingenuo, pero considero que para hacer “borrón y cuenta nueva” hay que tener en cuenta los siguientes puntos:
1) El Partido Popular (PP) debe aceptar de una vez por todas su clara derrota en las urnas el 14-M. No entraremos a juzgar las causas de esa derrota, ni la influencia exacta del 11-M en la misma (hay muchos otros factores, como la propia guerra de Irak, las políticas sociales del Gobierno de Aznar, su bunkerización y atrincheramiento en posiciones autoritarias y alejadas del sentir popular, tratando siempre de ridiculizar, incluso con los más viles insultos, al adversario político, etc.), pero el hecho es que, usando los medios que un estado democrático tiene previstos, el PP perdió las elecciones. De nada hubiese servido a Felipe González haberse lamentado en 1996 de que perdió las elecciones no por el programa o el talento de los políticos del PP, sino por la escandalosa corrupción que traicionaba los principios más elementales del Estado de Derecho y, en especial, de un partido que se dice social. Felipe González perdió, felicitó a su adversario, y se retiró discretamente, ejerciendo el PSOE una oposición digna, a pesar de haber estado 13 años en el Gobierno. En Democracia se gana y se pierde, y el revanchismo, el mal perder, los resentimientos acumulados, etc., deben dejarse para el parvulario y no para la clase política.
2) El PP, desde su honroso y nada peyorativo lugar en la Oposición, debe esforzarse por ejercer un control sistemático, pero caballeroso, propio de políticos y no de caciques, sobre el Gobierno. Controlar al Gobierno evita precisamente que caiga en los pecados capitales del último gobierno Aznar (el autoritarismo, la falta de diálogo, las posturas blindadas que no admitían réplica, propias más de una escuela para ignorantes que de un país de hombres inteligentes, donde sabemos que calificar a las cosas de blanco o negro es, sencillamente, simplismo, estupidez, estulticia y falta de inteligencia), supone la constante voluntad de hacer propuestas sólidas que complementen, mejoren e incluso modifiquen en lo necesario los planes del Gobierno, incluye fijarse en los problemas verdaderos del país y no en centrarse deliberadamente en pseudo-cuestiones para desviar la atención de aspectos que puedan afectar al propio partido, etc. Fijándonos en el PSOE en la anterior legislatura, mientras estaba en la Oposición, vemos cómo Zapatero colaboró incondicionalmente con el Gobierno en cuestiones de Estado como el pacto-antiterrorista, ejerciendo una oposición de altura, que sólo bajó a la calle y se puso tras la pancarta cuando el clamor popular, en las vísperas de una infame guerra de Irak que siguió a las inhumanas mentiras, teledirigdas por sus corifeos mediáticos a americanos, británicos y españoles como si fuésemos unos ignorantes, se hizo latente. Simplemente por tamañas mentiras, falsedades y manipulaciones el Gobierno de Aznar merecía ya, aun sin el 11-M, perder las elecciones. La actual oposición del PP, en cambio, ha hecho de la pancarta cutre y del populismo barato de sus pseudo-manifestaciones una constante, y todo apunta a que seguirá así. Sin un esfuerzo claro por parte de la Oposición por hacer propuestas reales y por cesar en sus ataques indiscriminados, propios de un cazador o de un carnicero, contra el Gobierno, la crispación irá en aumento, y tendrá un culpable evidente. Yo no he visto, todavía, y espero no verlo, al presidente Rodríguez Zapatero en la misma actitud altanera, prepotente e insultante de Mariano Rajoy.
3) La Oposición, y la derecha política en general, padece de una enfermedad muy clara: la paranoia conspirativa. Desde el famoso “complot judeo-masónico” (basado en una falsificación, Los protocolos de los sabios de Sión, que nuestro anterior jefe de Estado, lumbrera sin igual como fuese él, se creyó a pies juntilla, sin la mínima actitud crítica y con una tolerancia que ni con la férula inquisitorial conoció España) hasta las acusaciones actuales contra los medios afines al Gobierno de manipular a la opinión pública en vísperas electorales (cree el ladrón que todos son de su condición: ¿no manipuló el ministro Acebes en las horas inmediatamente posteriores a los atentados de Madrid. La Comisión de Investigación del Congreso así lo concluye, aunque, evidentemente, el PP nunca acepte sus resultados. Extraño debe resultar a los partidarios del PP el verse, al menos en este aspecto, absolutamente aislados: ¿no ocurrirá algo cuando todos los partidos, de uno u otro signo, dejan aislado al PP? Pero el PP, en vez de reflexionar serenamente, de aceptar con deportividad la “tirada de orejas”, gruñe y gruñe sin analizar seriamente las causas de su derrota y de su aislacionismo político, que tendrá y ya está teniendo consecuencias fatales para su futuro). Dejémonos de paranoias y esforcémonos por hacer las cosas bien. Todo el mundo sabe que en España tanto un partido como otro poseen, a efectos prácticos, una cantidad casi similar de medios de comunicación de uno u otro bando: El País es compensado por El Mundo, ABC y La Razón (aunque este último roce no la derecha, sino la más sórdida ultraderecha, que España no conocía desde los años ’40); la SER por la COPE (gemela de La Razón en el panorama radiofónico) y en parte Onda Cero... Decir que uno tiene más lectores que otro parece más una rabieta escolar que una crítica seria: si tiene más lectores será, quizás, porque es mejor, su formato gusta más, sus ideas son más comprensibles. Debe ser un estímulo, y no un motivo de discordia, para que los demás se esfuercen por mejorar, y no por refugiarse en una burbuja paranoica en la que se ven atacados por una avalancha mediática, tratando de justificar su incompetencia profesional en patologías inexistentes. El País y El Mundo son dos modelos de cómo se debe hacer un diario, de cómo conjugar los diversos campos de la información con calidad, interés y relevancia. Y es de alabar que se amplíe el número de cadenas, diarios, radios... con pluralidad política. O sea, todo lo contrario a lo que la señora Esperanza Aguirre (que, todo sea dicho, está en el cargo de “rebote”: ¿debería la oposición de PSOE e IU lamentarse con lágrimas de cocodrilo por el caso Tamayo-Sáez, el más repugnante transfuguismo que vivió la Asamblea de Madrid en 2003?) Los medios de comunicación afines a uno u otro partido no hacen ningún bien a la sociedad si exaltan pseudo-problemas, como el de la supuesta autoría intelectual del 11-M que nadie mínimamente serio se cree y que transmiten un deseo pobremente ocultado de desviar la atención general ante la clarividencia de la mentira y del engaño del PP en el 11-M.
4) El terrorismo es, sin duda alguna, uno de los problemas más graves que acosan a nuestro tiempo, pero ni el único ni el principal. Lo contrario sería una vulgar actitud burguesa e insolidaria que sólo se interesa por los problemas cuando le hieren directamente. El Gobierno de Aznar y el PP han querido vender la nada creíble historia de que todos los terrorismos son iguales, de que no hay más causas que el propio fanatismo de quienes lo cometen, de que buscar otras causas sería como justificarlo. El intelectual, la persona que trata de pensar y de salir del falso refugio de la pancarta ideológica y de las verdades pre-impuestas, analiza, busca causas, relaciona... Preguntarse por las causas del ascenso del nazismo en los años ’30 y descubrir que la crisis económica que vivía el mundo desde la Gran Depresión favoreció a Hitler y a Mussolini no es, ni mucho menos, justificar sus horrendos crímenes. Buscar causas en un deber de honradez intelectual, y en el caso del terrorismo, buscar causas en la ignominiosa guerra de Irak, que ha hecho del mundo un campo fértil para más y más terroristas y que ha introducido una brecha casi insalvable entre el mundo occidental y los países árabes; preguntarse por la injusta pobreza, marginación y desamparo de muchos países del Tercer Mundo; por la falta de un reparto equitativo de los bienes materiales y por la opresión que sufren diversas naciones y que puede llevar a muchos de sus habitantes a tomar la vía extrema del terrorismo en sus reivindicaciones, no es en absoluto justificarles, sino ser realistas y pensar para hallar una solución lo antes posible a este cáncer del mundo moderno.
5) Si el principal problema del mundo no es el terrorismo en cuanto tal, sino el caldo de cultivo que lo propicia, el mundo civilizado debe emplear todos los recursos que la Ciencia y la racionalidad le ofrecen para atajarlo. Ante todo, comprender a esas culturas y no dirigirse a ellas desde la prepotente actitud colonialista de quien se sabe en posesión de los auténticos valores humanos: la Democracia, como ha dicho recientemente el premio Nobel ruso A. Solshenitsen, no se impone, sino que debe brotar desde dentro. Sólo la libertad de pensamiento, la Ciencia, la Tecnología, y otros recursos ciertamente exportables del mundo occidental que también se han dado y de hecho se dan en otros países (no son patrimonio exclusivo nuestro) pueden combatir el cerril fanatismo que, vivido en su tiempo en Europa, ahora aflora en Oriente. Es por ello que nuestro presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, hizo en la ONU lo que prácticamente ningún político español anterior a él había hecho: decir algo realmente interesante, sin esperar a que fuesen los dirigentes de Inglaterra, Francia o Estados Unidos quienes lo hiciesen. Su propuesta de una “alianza de civilizaciones” no es una utopía más, un brindis al sol (puestos a brindar al sol, prefiero hacerlo en la ONU que en las Azores: la primera foto mete a España en la Historia, mientras que la segunda la aísla y la lleva al deshonroso lugar de lo que no merece ser recordado, precisamente lo contrario a lo que pretendía su tan fotogénico protagonista), sino la única vía de acabar con el terrorismo: yendo a las causas y no quedándose en la superficie del problema, como tiende a hacer la derecha internacional, nada propensa a pensar. Habrán de determinarse los modos exactos de llevar a cabo la alianza de civilizaciones, pero está claro que uno de ellos es esforzarse por comprender, sin prejuicios y sin complejos de superioridad, las demás culturas. Un diálogo intercultural efectivo (en la línea de lo propuesto en su momento por R. Panikkar, P. Knitter o R. Fornet-Betancourt), que constituya una verdadera comunicación y que seguramente nos lleve a cambiar muchas formas o aspectos que tenemos por inamovibles, como pueden ser los dogmas neoliberales (uno de los cuales parece ser que la pobreza es un mal inevitable, un mal menor si queremos que nuestras naciones crezcan: ya Gramsci advertía contra este falso “sentido común” que lo que esconde es la opresión, la injusticia y la inhumanidad. Nada debe ser imposible o tenido como tal para hombres y mujeres que han logrado dominar la naturaleza, viajar al espacio y, ante todo, ver más allá de las primeras apariencias). ¿Por qué no nos atrevemos a reconsiderar desde sus bases, y sin caer en su opuesto, ya desacreditado, del marxismo económico, las bases del sistema actual de mercado, o al menos de su dimensión internacional? ¿Por qué no analizamos la actual política internacional en los países árabes y del Tercer Mundo, y hacemos examen de conciencia para ver si su inmundicia su brutalidad no ha propiciado el odio creciente hacia Occidente? Pensemos, meditemos, reflexionemos, y esforcémonos porque las fuerzas de seguridad y la sociedad en general combatan el crimen terrorista y detengan a los culpables. Diálogo ante todo, sin extremismos, entre todas las partes. La única forma de conciliar opuestos aparentemente irreconciliables es olvidándose de los opuestos, es decir, dialogando, aunque este diálogo no lleve a ninguno de los opuestos sino a una nueva visión (sintética en este caso) que nos permita saltar por encima de los fanatismos y las mentes estrechas. No es renunciar a la verdad, sino comprender que la verdad es dinámica, plural, humanizada en la Historia, y que normalmente quienes pretenden poseer la verdad incurren en el más flagrante de los fanatismos.
6) España es un Estado complejo, no monolítico, donde conviven diferentes sensibilidades culturales e históricas. Pretender una España única, de estilo franquista, es propio de personas poco versadas en Historia y, sobre todo, en el siempre elogiable oficio de pensar. No hay, por tanto, ningún inconveniente en que sensibilidades culturales como la gallega, la catalana o la vasca adquieran más autonomía y más protagonismo. Es lo propio de un Estado plural y democrático, que debe velar por el cumplimiento del Derecho y del respeto hacia los demás (como diría J. S Mill, la libertad individual tiene como límite las otras libertades individuales: es la definición más aséptica y abierta de las posibles). En una Europa que se une, considero que los nacionalismos exacerbados no tienen futuro, son retardatarios y nos sumirían en una problemática, la del s. XIX, en parte superada. Pero tampoco tiene futuro la idea de los Estados-nación del s. XVIII, en un mundo complejo, acelerado y globalizado, donde es muy difícil determinar dónde acaba una nación y empieza otra, con el riesgo de escoger criterios siempre criticables. Si los gobiernos regionales consideran necesaria una reforma estatutaria, el Gobierno debe promoverla y potenciarla y no refugiarse en el ideal (un auténtico brindis al sol) de una España unida, fuerte frente a sus adversarios, “luz de Trento”, en el estilo de Menéndez Pelayo, sino por una España diferenciada donde todo el mundo se siente respetado y elevado. El peligro del nacionalismo y del regionalismo reside en sus límites: ¿hasta dónde? ¿Hasta el individuo concreto y singular? Pero, por otra parte, la idea dieciochesca de Estado como algo fijo e inmutable contrasta con el dinamismo del mundo actual. No hay problema, por tanto, en reformar la Carta Magna. ¿Por qué no? ¿Por qué misterioso designio es algo inmutable? Sólo los Derechos Humanos lo son (ya que la persona es fin en sí misma, condición de posibilidad de toda reflexión e incluso de toda relativización: para relativizar los Derechos Humanos o incluso negarlos, es necesario ser primero persona, poder pensar: aquí convergen Descartes, Kant y una nutrida tradición filosófica). Ponerla como un límite infranqueable es propio de posturas reaccionarias y conservadoras, que buscan lo seguro, en vez de perseguir el bien para todos. Si hay consenso y la mayoría suficiente, no debe haber problema en este aspecto.
7) Un último punto en la actual “crispación” que vive España es la “cuestión religiosa”. Ciertos sectores de la Iglesia (en cualquier caso minoritarios) afirman que el Gobierno “persigue” a los católicos, que trata de imponer un fundamentalismo laicista, etc. Quien oyera estos exabruptos, podría pensar que nos encontramos en la Unión Soviética y que quien gobierna no es Zapatero sino Stalin. Nuevamente, esta manía persecutoria y paranoica (que con su típica lucidez denunció el ya difunto Javier Tussell) no hace ningún bien ni a la Iglesia (cada vez más vista como una institución aislada, que se refugia en grupos radicales del PP para retomar el poder perdido) ni al Estado. El Gobierno, sin duda, debe promover el hecho religioso: es algo humano, y todo lo humano que no atente contra nadie debe ser promovido. Es una riqueza y no conviene perderla; es un estímulo cultural e intelectual que debe ser respetado. Promover el hecho religioso significa promover a la Iglesia católica y a cualquier otra confesión existente en nuestro país, por pocos adeptos con que contase (me parece contradictorio que ciertos miembros de la Iglesia se esfuercen por recordarnos que el 80% de la población o más se declara católico, cuando sabe perfectamente que es un dato meramente nominal, que la mayoría no participa de la vida comunitaria cristiana y que la mayoría no sigue, sino que contradice conscientemente la moral magisterial: es interesado por parte de la Conferencia Episcopal contar al mayor número de católicos posible cuando le conviene –por ejemplo, al reivindicar supuestos derechos- y luego negarles el título de católicos a quienes incumplen la moral magisterial, y recuerda a la desafortunada frase de Pío IX a un diplomático inglés: “libertad de conciencia, cuando los católicos son minoría, sí, pero cuando son mayoría, no”). El Papa Juan Pablo II ha dado un paso de gigante al incentivar el diálogo interreligioso, los encuentros ecuménicos y las conversaciones, otrora impensables, aunque desgraciadamente los frutos reales sean más bien escasos. Por tanto, donde se demande, es de sentido común que se ofrezca clase de religión musulmana, judía o budista. Lo contrario sería un agravio comparativo impropio de un Estado aconfesional. Los Acuerdos con la Santa Sede, del 1979, no son ni inmutables no un modelo a seguir: anacrónicos, antiguos para un mundo “acelerado” (como reconocía el entonces cardenal J. Ratzinger en La sal de la Tierra). Urge unos nuevos acuerdos o cambiar la sistemática de los acuerdos: si no se hacen a iguales con todas las confesiones, mejor no hacerlos y tomar acuerdos parciales con las iglesias locales. Urge revisar el actual modelo de financiación de la Iglesia, el estado laboral de los docentes de la asignatura de Religión y analizar, sin prejuicios, si realmente es compatible con el Estatuto de los Trabajadores, y plantearse las relaciones Iglesia-Estado no como de dos entes irreconciliables sino en clave integradora. El Gobierno hará bien en no mirar a la Iglesia como un enemigo, sino en esforzarse por buscar el bien común, y la Iglesia en no identificarse demasiado con un determinado sector político. Manifestarse es un derecho, pero cuando esa manifestación cuenta con el aval del principal partido de la oposición y es claramente anti-gubernamental, a mi juicio acudir a ella no es la decisión más acertada. Las leyes en un Estado de Derecho las vota el Parlamento, por mal que pese a muchos. El Estado no se compromete en cuál es la verdad, porque ha sido precisamente la falsa posesión de la verdad la que ha generado fanatismos y guerras, sino en respetar la autonomía de las personas. Un Estado aconfesional no es ciertamente un Estado laicista beligerante, pero tampoco es un Estado que se sienta obligado a hacer lo que quiera una determinada confesión religiosa. Busquemos, por favor, el diálogo sereno, libre de prejuicios, y desterremos una jerga que usa vocablos como el de “fundamentalismo laicista” o acusa al Gobierno de delitos inexistentes, y que desde el otro bando descalifica a la Iglesia. Es más, abandonemos la cuestión religiosa desde la óptica de los bandos.
El anterior análisis puede resultar simple, ingenuo, utópico, partidista... Es mi sincero juicio.
Carlos Blanco, orientalista y colaborador televisivo.